JULIUS CESAR.
Hace casi dos mil años vivía en Roma un hombre cuyo nombre era Julio Cæ’sar. Fue el más grande de todos los romanos.
¿Por qué fue tan grande?
Era un guerrero valiente, y había conquistado muchos países para Roma. Era sabio en la planificación y en la acción. Sabía cómo hacer que los hombres lo amaran y lo temieran.
Por fin se convirtió en el gobernante de Roma. Algunos decían que deseaba convertirse en su rey. Pero los romanos de entonces no creían en los reyes.
Una vez, cuando Cæ-sar pasaba por una pequeña aldea rural, todos los hombres, mujeres y niños del lugar salieron a verlo. No eran más de cincuenta, todos juntos, y eran conducidos por su alcalde, que le decía a cada uno lo que tenía que hacer.
Esta gente sencilla se quedó al lado del camino y vio pasar a César. El mayordomo parecía muy orgulloso y feliz; pues ¿no era él el gobernante de esta aldea? Se sentía casi tan grande como el propio César.
Algunos de los buenos ofi-cantes que estaban con Cæsar se rieron. Dijeron: “¡Mira cómo se pavonea ese tipo a la cabeza de su pequeño rebaño!”[96]
“Ríete como quieras”, dijo César, “tiene razones para estar orgulloso. Prefiero ser el jefe de una aldea que el segundo hombre de Roma”.
En otro momento, César estaba cruzando un estrecho mar en una barca. Antes de llegar a la mitad de la orilla, lo sorprendió una tormenta. El viento soplaba con fuerza, las olas se agitaban, los relámpagos brillaban y los truenos resonaban.
Cada minuto parecía que el barco se iba a hundir. El capitán estaba muy asustado. Había cruzado el mar muchas veces, pero nunca en una tormenta como ésta. Temblaba de miedo; no podía guiar el barco; cayó de rodillas; gimió: “¡Todo está perdido! ¡Todo está perdido!”
Pero César no tuvo miedo. Le ordenó al hombre que se levantara y tomara sus remos de nuevo.
“¿Por qué has de tener miedo?”, dijo. “La barca no se perderá; porque tenéis a César a bordo”.