EL INVITADO INGRATO.
Entre los soldados del rey Felipe había un pobre hombre que había realizado algunas acciones valientes. Había complacido al rey en más de un aspecto, y por eso el rey le tenía mucha confianza.
Un día este soldado estaba a bordo de un barco en el mar cuando se desató una gran tormenta. Los vientos empujaron el barco contra las rocas y naufragó. El soldado quedó medio ahogado en la orilla, y allí habría muerto de no ser por los bondadosos cuidados de un campesino que vivía cerca[104].

Cuando el soldado se recuperó para volver a casa, agradeció al granjero lo que había hecho y le prometió que le pagaría su amabilidad.
Pero no quiso cumplir su promesa. No le habló al rey Felipe del hombre que le había salvado la vida. Sólo le dijo que había una buena[105] granja a la orilla del mar, y que le gustaría mucho tenerla como propia. ¿Se la daría el rey?
“¿Quién es el dueño de la granja?”, preguntó Felipe.
“Sólo un campesino maleducado, que nunca ha hecho nada por su país”, dijo el soldado.
“Muy bien, entonces”, dijo Felipe. “Me has servido durante mucho tiempo, y tendrás tu deseo. Ve y toma la granja para ti”.
Y así el soldado se apresuró a echar al campesino de su casa y de su hogar. Tomó la granja para sí mismo.
Al pobre campesino le picó el corazón ese trato. Se dirigió con valentía al rey y le contó toda la historia de principio a fin. El rey Felipe se enfadó mucho cuando supo que el hombre en el que había confiado había hecho una acción tan vil. Envió a buscar al soldado a toda prisa; y cuando llegó, hizo que le grabaran estas palabras en la frente:-
“EL HUÉSPED INGRATO”.
De este modo, todo el mundo se enteró del acto mezquino con el que el soldado había tratado de enriquecerse; y desde aquel día hasta su muerte todos los hombres lo rechazaron y odiaron.